03 enero 2008

La caja

Paula volvía a casa después de la que, con toda seguridad, había sido la peor noche de fin de año de su vida. Cuando llegó al portal tenía los ojos aún repletos de lágrimas que se helaban antes incluso de comenzar a rodar por las mejillas. Al entrar vio una pequeña cajita de madera en la que no cabría nada más grande que un anillo olvidada con descuido en el segundo escalón. Era oscura, con los bordes redondeados y la capa de barniz devorada por el paso del tiempo, pero aún así tenía algo que la hacía encantadora. Al cogerla notó que algo rodaba en su interior, algo pesado y de sonido metálico. Le dio vueltas y más vueltas buscando la forma de abrirla, pero no encontró nada.

Ya en casa, con algo más de luz, pudo ver que en una de las cuatro caras la madera estaba algo más gastada, como si alguien hubiera estado rozando esa zona con el dedo durante años hasta dejar su huella marcada. Parecía que la madera era menos gruesa que una hoja de papel en aquella zona. Tal vez si frotara un poco conseguiría abrir un pequeño orificio y ver que se escondía allí dentro. Con suavidad pasó su índice repetidas veces sobre la madera. Fue como sumergirse de golpe en un baño de agua tibia, como oler a café y tostadas recién hechos, como abrir la puerta del salón la mañana de Reyes a los seis años,... Por un instante olvidó por qué había pasado la noche llorando, de hecho olvidó todas las veces que lo había hecho. Pero entonces abrió los ojos se vio de cuclillas con las manos aferradas a aquel extraño trozo de madera chorreando sangre. Al dejar caer la caja ésta absorbió de alguna forma la sangre que había caído sobre la moqueta, dejándola como si nada hubiera pasado.

Tras meses abandonada en un cajón, una mañana Paula volvió a sostener la caja en sus manos. De nuevo tenía los ojos irritados de llorar. Había llorado durante días y había abierto aquel cajón varias veces tentada, pero no había sido capaz de tocarla. Ahora sus manos temblaban por el miedo que aquel artefacto le provocaba, pero lo necesitaba, tenía que frotarlo o se volvería loca. De nuevo se sintió como una niña rodeada de algodones de azúcar, caminando descalza sobre el césped húmedo recién cortado, flotando en un lugar en el que estaría segura siempre,... pero un golpe repentino la hizo abrir los ojos. Había caído al suelo golpeándose con la mesa en la rodilla. Esta vez debía haber estado más tiempo acariciando la caja, porque había mucha más sangre en sus manos y el suelo, y estaba segura de que la caída la había provocado un desmayo. Tras un par de segundos la sangre derramada había sido devorada por la caja sin dejar ni una gota.

Aquella escena comenzó a repetirse con más frecuencia. Convencida de que podría llegar a controlarlo, Paula decidió servirse de su caja para superar su mala racha. Cada noche llegaba a casa, se sentaba en el sofá y la sostenía unos instantes antes de extender el dedo índice y frotarla con suavidad. Apenas unos segundos de contacto, lo justo para que el calor la inundara de pies a cabeza y volvía a guardar su preciada caja. La mala racha pasó de largo sin que Paula se diera cuenta. Una buena racha la sustituyó, pero también acabó por pasar de largo harta de que no le hicieran el menor aprecio. Paula no veía nada, no oía nada y no sentía nada más que lo que pasaba ante sus ojos mientras frotaba su lámpara encantada.

Así llegó un día en el que Paula no era más que un cuerpo delgado y blanquecino que se movía como si unos hilos invisibles la manejaran. Incluso el ritual de todas las noches en el sofá era ya algo puramente mecánico. A Paula no le quedaba ya nada dentro, apenas una gotas de sangre, nada más. Entonces, justo cuando iba a subir al autobús, algo pequeño y cuadrado se le cayó del bolsillo del abrigo. Nadie se percató de ello hasta que Pablo miró al suelo mientras se limpiaba avergonzado las lágrimas con la manga de su cazadora. Estaba siendo, con toda seguridad, el peor día de su vida, pero tal vez encontrar aquel extraño paquete a sus pies significara el fin de su mala racha.

19 diciembre 2007

Frío

El agua empezaba a cubrirle los ojos y le hacía ser consciente de que no aguantaría mucho más tiempo a flote. Ya no sentía las piernas y los brazos empezaban a borrarse también de su cuerpo por más que se esforzara en moverlos.

Debía llevar unos tres minutos intentando salir de aquel agujero, pero en cuanto se agarraba al hielo, éste se resquebrajaba entre sus brazos. En esos tres minutos había tenido tiempo de ponerse histérica, de serenarse y pedir auxilio, de frustarse al menos cuatro veces intentando trepar por el hielo, de volver a ponerse histérica, de removerse con tantas ansias que parecía que creía que podría salir corriendo de aquellas aguas si se movía lo suficientemente rápido y, finalmente, de empezar a hundirse muy poco a poco mientras su cuerpo iba quedando reducido a una diminuta y dolorida cabeza.

Los demás debían seguir en la cabaña, riendo y bebiendo frente a una potente hoguera, y mientras ahí estaba ella. Por un instante sonrió de forma involuntaria al pensar la cara que pondrían al encontrarla a la mañana siguiente convertida en un cubito de hielo, como en los dibujos animados. Tal vez lo mejor sería intentar flotar lo suficiente como para sufrir una hipotermia que la dejara como a la Bella Durmiente antes de ahogarse y, de esta forma, con un poco de calor y un beso en la frente podrían reanimarla. Esa idea le pareció al mismo tiempo tan genial como estúpida. ¿De verdad iba a acabar congelada como Walt Disney y luego la iban a despertar como a uno de sus personajes?

Apenas podía sacar la nariz fuera del agua para respirar. Las piernas y los brazos inertes estaban completamente dormidos y rígidos. Tan sólo sentía un peso muerto que tiraba de ella hacia abajo. El dolor punzante que sintió tras la caída había desaparecido por completo con el resto de su cuerpo. Apenas podía pensar, era como si sus neuronas también empezaran a congelarse, pero volvió a sonreír de nuevo antes de sumergirse del todo.

Estaba claro que salir de aquella forma de la cabaña en plan misterioso para que él la siguiera y pudieran estar a solas no había funcionado tan bien como su amiga le había asegurado.

05 diciembre 2007

Separación amistosa

Después de más de un año de convivencia los trastos empezaban a amontonarse por todos los rincones, por lo que hemos decidido poner un poco de orden. Tras mucho pensarlo la mejor solución que se nos ha ocurrido ha sido separarnos de forma amistosa.

A partir de ahora las letras ocuparán el primer piso de la casa, mientras que la música se traslada al estudio de grabación que hemos montado en el sótano.

Como podeis ver, ya hemos ordenado las estanterías y cada cosa está ya donde le corresponde (salvo algunas canciones que Orris me ha prestado para que pueda escucharlas mientras escribo).

Estais invitados a seguir visitándonos siempre que querais.
Un saludo,

Orris y Suel.

01 diciembre 2007

Black


I see a red door and I want it painted black
No colors anymore I want them to turn black
I see the girls walk by dressed in their summer clothes
I have to turn my head until my darkness goes

I see a line of cars and theyre all painted black
With flowers and my love both never to come back
I see people turn their heads and quickly look away
Like a new born baby it just happens evry day

I look inside myself and see my heart is black
I see my red door and it has been painted black
Maybe then Ill fade away and not have to face the facts
Its not easy facin up when your whole world is black

No more will my green sea go turn a deeper blue
I could not foresee this thing happening to you
If I look hard enough into the settin sun
My love will laugh with me before the mornin comes

I see a red door and I want it painted black
No colors anymore I want them to turn black
I see the girls walk by dressed in their summer clothes
I have to turn my head until my darkness goes

I wanna see it painted, painted black
Black as night, black as coal
I wanna see the sun blotted out from the sky
I wanna see it painted, painted, painted, painted black


(Painted black, The Rolling Stones)

02 noviembre 2007

Final en tres actos

Acto I.
Es de noche. La lamparilla de una mesilla está encendida. En la escena interviene una pareja, un hombre y una mujer. Uno de ellos está en la cama, el otro está sacando ropa de los cajones muy despacio.


- ¿Qué haces? Son las tres de la mañana.
- Me voy. Si seguimos acabaremos mal, muy mal.
- Pero,... ¿Qué dices? No puedes irte, no puedes dejarme. Venga ya, sólo ha sido una pelea, no saques las cosas de quicio, por favor.
- ¿Y si vuelve a pasar? Venga, los dos sabemos que las cosas no van bien. Mejor dejarlo así que esperar a odiarnos ¿no?
- Yo preferiría eso.
- ¿El qué?
- Si te vas, prefiero que lo hagas cuando nos odiemos y no ahora. Al menos así no lo pasaremos mal.


Acto II.
Es de noche. La lamparilla de una mesilla está encendida. Interviene la misma pareja. Uno de ellos está en la cama, el otro está nuevamente sacando ropa de los cajones muy despacio.

- ¿Qué haces?
- Tenía que haberme ido la primera vez. Esto es absurdo. No podemos seguir juntos.
- ¿Pero por qué haces esto? Todo el mundo discute, todo el mundo tiene días buenos y malos, y nosotros igual. No puedes levantarte a oscuras cada vez que discutimos para hacer la maleta y salir huyendo. Tan sólo hay que arreglarlo.
- ¿Crees que podemos arreglarlo? Yo no lo tengo tan claro. Nos estamos haciendo demasiado daño.
- Si te vas, entonces sí que me harás daño de verdad. Deja eso, anda.


Acto III.
Seguimos en la misma habitación, con la misma lamparilla y la misma pareja. Uno de ellos está en la cama, el otro está cerrando una maleta.

- Hoy sí que me voy. Me da lo mismo lo que me digas. Esto se nos está yendo de las manos.
- Por favor no, no te vayas. No puedes irte. Dijimos que esperaríamos hasta que nos odiáramos para que ninguno de los dos sufriera, y yo no te odio, no podría.
- Suéltame. Esta vez no me vas a convencer.
- Te vas con alguien, ¿es eso? No te vayas, te quiero.
- Lo se, pero yo ya te odio. No siempre, pero a veces te odio tanto que te arrancaría la cabeza.
- Pero ¿qué estas diciendo?
- La primera vez fue una bofetada, la segunda un puñetazo. Hoy te he dejado los ojos morados. ¿Es que no te has visto? ¿No me has visto?

Así termina el guión de la obra. A pesar de que tenemos muchos detalles, sentimos deciros que la obra no podrá llevarse a escena. Acabamos de darnos cuenta de que sabemos como es la habitación, conocemos parte del mobiliario, la hora, pero, por algún motivo, el escritor olvido indicar a quien corresponde cada frase y nosotros no logramos llegar a un acuerdo de qué reparto sería el mejor. Gracias de todos modos por venir a la prueba.