29 mayo 2007

¿Quien no querría ser como John Wayne?

El muchacho de camiseta azul entró en el edificio seguro de sí mismo, apretando una pistola en su mano derecha y sintiendo el peso de la otras dos que llevaba en el cinturón. En unas horas todo el país, todo el planeta, conocería su nombre y éste sería pronunciado con una nota de temor y respeto. Ya no habría más burlas a su costa. Caminó por el pasillo desierto de la primera planta donde estaba la biblioteca y algunos de los despachos del profesorado. Apenas había avanzado unos metros cuando vio que una puerta se abría unos pasos delante de él y salía una mujer delgada con los brazos cargados de libros. Sin pensárselo dos veces le apuntó a la cabeza y disparó. La mujer recibió el balazo en el hombro derecho y cayó golpeándose contra la pared. El joven de azul se sintió satisfecho a pesar de haber fallado el disparo. Decidió acercarse un poco más a su víctima y rematarla cuando otra puerta se abrió al final del pasillo y una cabeza con un gran bigote se asomó. Era un señor de unos cuarenta años con un gesto de incredulidad y desconcierto en la cara. Antes de darse cuenta de lo que estaba pasando ya había recibido un balazo en la pantorrilla. De forma inconsciente salió caminando por el pasillo con un gesto desencajado de dolor y rabia en la cara decidido a estrangular al idiota que le había hecho aquello. Pero justo entonces apareció por las escaleras que subían de la cafetería una anciana rechoncha y bajita. Antes de que nadie percibiera su llegada la mujer sacó una pistola que llevaba en algún bolsillo interior de su chaqueta y disparó al hombre del bigote que en esos momentos estaba gritando como un energúmeno a un estudiante que vestía de azul. Seguramente por eso que dicen de que la experiencia es un grado, la anciana no falló su disparo y el hombre del bigote cayó desplomado con la mala suerte de caer sobre la mujer de los libros que acababa de incorporarse. Al tocar el suelo ambos habían muerto, él por el disparo en la nuca de la anciana y ella por el golpe en la cabeza contra el canto de la puerta de la biblioteca.

Entonces el joven de la camiseta azul, más frustrado que satisfecho por como estaba transcurriendo su masacre, se dirigió lentamente hacia la anciana que aún tenía los ojos clavados en aquella pobre mujer que yacía en el suelo a unos metros de ella. Pero el alboroto de los gritos del hombre del bigote y los tres disparos ya se había extendido por lo pisos superiores y la cafetería y, de pronto, la escena se vio interrumpida por grupos de gente que se asomaban con disimulo por las escaleras. El primero en entrar en escena fue un chaval con camisa de rayas que apareció dando un salto detrás de la petrificada anciana y disparó al muchacho de azul dándole en el estómago. La pobre mujer, que todavía se no había percatado de la situación real, se sobresaltó de tal manera que al girarse para ver de dónde procedía el tiro volvió a disparar su arma, esta vez acertando de lleno en el pecho del espontáneo de la camisa.

En aquel momento la situación era: una mujer joven con un tiro en una pierna y la cabeza abierta muerta junto a la puerta de la biblioteca. Sobre ella un hombre con bigote con un tiro en la pantorrilla y otro en la nuca. Unos metros por delante de ellos un joven de camiseta azul de rodillas en el suelo se apretaba el estómago, por donde le brotaba la sangre a borbotones. A su lado, en el suelo, un había un arma. Al fondo del pasillo, en la escalera, un joven con camisa a rayas tenía la mano izquierda en el pecho mientras el brazo derecho le colgaba paralelo al cuerpo como si no tuviera fuerzas para levantar el arma que llevaba en la mano. Delante de él, con cara de espanto, una anciana mantenía sus brazos estirados, rígidos, y sus manos apretaban una diminuta pistola plateada. Los que iban llegando al lugar estaban desconcertados. Era evidente que tenían delante un asesino en serie, ¿pero quien? Era de suponer, que dado que la única persona que mantenía el arma levantada en tan siniestra situación era la anciana, que el objetivo a batir era ella. Otro chico que vestía una llamativa cazadora de piel y que parecía haber salido del mismo despacho del hombre de bigote no se lo pensó. Sacó su arma y disparó contra aquella pobre mujer que seguramente había perdido la cabeza por la edad, y ésta cayó muerta al instante.

El muchacho de azul no daba crédito a lo que veía. Dos cadáveres, un herido grave (además de él, evidentemente), y ninguno gracias a sus armas. La frustración había dado paso a la ira y la indignación. Se olvidó de su estómago, sacó del cinturón sus otras dos pistolas y comenzó a disparar a diestro y siniestro. La respuesta no se hizo esperar. Ante la lluvia de balazos la gente comenzó a correr escaleras arriba y abajo mientras las puertas de los despachos y la biblioteca se abrían y cerraban dando fuertes golpes. Los que tenían un arma, que evidentemente eran la mayoría, intentaron protegerse disparando a todo lo que se interponía en su camino hacia la salida de aquella ratonera. En sus ansias por huir profesores y estudiantes se arrollaban y disparaban los unos a los otros. Como si de una competición atlética se tratara la gente corría, saltaba, disparaba y esquivaba de forma frenética. El balance final: Doce muertos y setenta heridos, sesenta y dos de ellos de bala.

Hoy todos los periódicos y telediarios se hacen eco del suceso, aunque nadie sabe a ciencia cierta quién comenzó aquella masacre ni porqué lo hizo. Hay quien opina que el director (el hombre del bigote) se había vuelto loco y había atacado a la bibliotecaria (la mujer joven de los libros) desencadenando la desgracia; otras teorías apuntan a que la anciana (responsable de la cafetería) había perdido la cabeza al terminar su última jornada de trabajo antes de la jubilación. En cualquier caso, todos dan gracias de que esto haya sucedido en un lugar donde todos, independientemente de su edad, educación, poder adquisitivo o salud mental, pueden tener armas para defenderse. De no haber sido así, seguramente habría que lamentar muchísimas más víctimas y la tragedia habría alcanzado, sin duda, niveles dramáticos.

El joven de azul se desmayó poco después de haber comenzado a disparar debido a la hemorragia de su estómago. Al caer se había golpeado en la cabeza y ahora se recupera en un hospital donde todos aseguran que la herida no dejará secuelas, aunque nadie puede asegurar si algún día recuperará completamente la memoria. En ningún momento fue considerado sospechoso porque una joven había cogido el arma con la que él había hecho sus dos primeros disparos y la había utilizado en su huída para disparar a un par de personas que se le cruzaron por delante. Ella había muerto con la pistola en la mano, así que se dio por hecho sin que nadie pudiera decir lo contrario, que todos los disparos realizados por dicha arma los había realizado la susodicha joven. En los próximos días el muchacho de azul recibirá un homenaje de la comunidad junto con los demás supervivientes del tiroteo por el valor demostrado al enfrentarse al anónimo desalmado que los intentó asesinar a sangre fría mientras estudiaban en sus clases.

14 mayo 2007

Tormentas e Incendios

Rock.

Tormentas que estallan repentinamente, sin previo aviso, que calan hasta los huesos. Tormentas tras las cuales necesitas un lugar al sol o un lugar junto al fuego para recuperarte.

Incendios para acabar con todo, para reducir a cenizas todas las malas hierbas, para borrar las huellas, para dejar solo cenizas para el viento.

Dos bajos, dos guitarras, cuerdas, batería, órgano y muchas horas de pruebas, escuchas, cambios de tono, de instrumentos, de humor,…

La próxima canción será más sencilla. Casi seguro.



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Podeis descargar el tema pinchando aquí. Una vez accedais a la página de Tormentas e Incendios no teneis mas que pinchar con botón derecho en la opción "download mp3"

© 2007 Orris Lavazur

04 mayo 2007

Mía

Tras dos días completamente inmóvil, se levantó con dificultad y abrió con parsimonia una de las pesadas cortinas de la habitación. Dejó que un rayo de luz le cegara sin hacer siquiera una mueca. Se giró muy despacio y se deleitó en las sucias paredes. Le sorprendió la cantidad de manchas nuevas que había en ellas. Esta vez incluso llegaban al techo, lo que le produjo una intensa emoción. Había sido duro, más que otras veces, pero había hecho un buen trabajo, no había duda. Anduvo unos minutos por la habitación como una borracho que no es capaz de caminar erguido. Dos días en aquel rincón le habían dejado entumecidos brazos y piernas. Tras recuperar por completo la sensibilidad comenzó a recogerlo todo. Como siempre metió los restos envueltos en sábanas viejas en pequeñas bolsas de basura y se aseguró de que el suelo quedara reluciente. Al entrar nadie habría sospechado lo que había sucedido allí apenas 48 horas antes. Salvo por las paredes, claro. Siempre se resistió a limpiarlas. Aquellas salpicaduras de diferentes tonalidades de rojos y marrones le hacían sentirse orgulloso, vivo.

Ya estaba anocheciendo cuando terminó. Se acercaba el momento que había esperado durante años. Mientras se duchaba para limpiarse la sangre que también le había salpicado a él sintió una punzada de ira al recordar que la última vez casi consigue estropearlo todo por un fallo estúpido, pero esa noche sería la definitiva, estaba seguro. A las 9 en punto iría a la cafetería. Una vez más ella estaría allí, sola, salvo por la compañía de alguno de esos borrachos que se sentaban al final de la barra y se resistían a volver a casa a cenar. Estaría ojerosa y con los ojos enrojecidos de tanto llorar preguntándose qué había hecho mal esta vez. Entonces él le daría consuelo, una vez más.

- No lo entiendo. Esta vez todo iba bien. Tú no le conocías, pero no era como los demás. ¡Me dijo que me quería!
Entonces él la abrazaría con suavidad y le diría una vez más que no era culpa suya. Ella era maravillosa y no se merecía que unos tipos así se aprovecharan de ella para luego esfumarse sin una triste despedida.
- Seguramente estaba casado y ha vuelto a casa con su mujer y sus hijos en cuanto ha tenido lo que buscaba.

Ella se derrumbaría por fin. Y él no dejaría escapar su oportunidad. Se pegaría a ella, la colmaría de halagos, atenciones y mimos. Y entonces ella se daría cuenta de que ese pobre muchacho tímido y amable era lo que necesitaba. El no desaparecería tras acostarse con ella un par de veces como habían hecho los otros, o como ella creía que habían hecho. Él era el hombre con el que debía estar siempre, cada minuto del resto de su vida.

* * * *

- No lo entiendo. Esta vez todo iba bien. Tú no le conocías, pero no era como los demás. ¡Me dijo que me quería!

- Lo siento mucho, de verdad. Tú no te mereces esto. Seguramente estaba casado y ha vuelto a casa con su mujer y sus hijos en cuanto ha tenido lo que buscaba.

Ya eran las tres de la mañana. Llevaban horas hablando y todo estaba saliendo tal y como lo había planeado. Él le había cogido la mano y ella no la había retirado. Era la señal que tanto había esperado. Por fin iba a llevársela a casa para que pudiera estar junto a él cada minuto del resto de su vida.


Cuando salieron juntos a la calle él le rodeó los hombros con su brazo. Había trabajado mucho para lograr aquel maravilloso trofeo y no estaba dispuesto a dejarlo escapar.

(Ilustración: "Las manitas" de Marta Altieri - www.maltieri.com)