Mostrando entradas con la etiqueta Letras sueltas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Letras sueltas. Mostrar todas las entradas

23 junio 2010

Amor ciego

Anoche fue todo tan increíble, tan diferente…, como si fuera la primera vez que nos acostábamos juntos. Que me despertaras con una caricia, querernos en silencio sin necesidad de decir una palabra, sin necesidad si quiera de vernos para saber qué había que hacer en cada momento.

Estaba a punto de decir todo aquello en voz alta cuando él le dijo “Siento muchísimo haber llegado tan tarde otra vez anoche. Me acosté en el sofá para no despertarte. Pero hoy te lo compensaré ¿qué te parece si salgo a mi hora de la oficina, te paso a buscar y nos regalamos una cena romántica los dos solos?

07 mayo 2010

Donde nacen las historias


Como cada viernes se sentó delante del montoncito de cuartillas en blanco, le sacó punta al lápiz y empezó a escribir palabras inconexas. Él funcionaba así. Escribía cosas sin sentido alguno hasta que, de pronto, se producía la “magia” y de la nada surgía una historia perfectamente construida de principio a fin. Pero algo estaba fallando aquel viernes. Ya iba por su segunda cuartilla y, de momento, ninguna historia se había asomado por allí. No tenía ni tan siquiera un triste esbozo de personaje. Nada.

De forma instintiva comenzó a rascarse la cabeza. Nada. Se siguió rascando durante horas, con tanta ansiedad, que de pronto se dio cuenta de que estaba sangrando. Corrió al baño y a punto estuvo gritar al verse en el espejo. Tenía el cuero cabelludo perforado y algo estaba asomándose por el agujero. Estupefacto vio como algo muy similar a una pompa de jabón salía de su cabeza para ir a estrellarse contra el techo del baño. A ésta le siguió otra, y luego otra algo más grande y definida. No era capaz de crear historias nuevas y ahora estaba perdiendo también las viejas. “A este paso en una hora seré idiota perdido”.

Intentó tapar aquello con las manos, pero en cuanto se descuidaba un poco se escabullían entre los dedos. Lo intentó también con una gasa, pero al cabo de unos minutos las pompas acababan por empaparla y traspasarla sin gran dificultad. Y entonces se le ocurrió “el parche de la colchoneta de la playa”. Con sumo cuidado lo colocó sobre la herida y tras dos horas inmóvil frente al espejo se dio por satisfecho. Tenía las ideas a salvo.

Por algún motivo regresó a su mesa de trabajo, sacó de nuevo punta al lápiz y comenzó su tercera cuartilla. A las cinco palabras lo notó, esa sensación de que todo fluye y que, de pronto, todo tiene sentido. Su historia estaba llegando.

La rutina se mantuvo durante una larga temporada, pero la angustia volvió a apoderarse de él cuando, otro viernes cualquiera, se dio cuenta de que había vuelto a escribir dos cuartillas repletas de palabras sin sentido. Se rascó la cabeza sin pensar y notó algo extraño. Al mirarse en el espejo vio el parche de la colchoneta de playa descolorido. Lo había olvidado por completo.

“¿Y si?... Por qué no”. Con cuidado despegó uno de los bordes del parche y lo levantó. Unos segundo más tarde la primera burbuja apareció. La vio estrellarse contra el techo al mismo tiempo que otra asomaba ya por su cabeza. Dejó escapar cuatro o cinco más antes de volver a colocar el parche en su sitio. Se miró fijamente en el espejo y se dijo mirándose a los ojos “Está claro, debo ser idiota”.

Le dio un buen trago a su vaso de agua y se sentó a escribir de nuevo. Esta vez no llevaba ni tres palabras cuando esa maravillosa sensación de estar creando algo nuevo y con sentido propio le invadió. Estuvo horas escribiendo sin detenerse para nada que no fuera repetirse a sí mismo “Soy idiota, pero me da igual”.

25 febrero 2010

Insomnia

Imagen: Marta Altieri (www.maltieri.com)


Me vine a esta casa porque Ella me dejó. Necesitaba un cambio de aires, tranquilidad, y una mudanza me pareció una buena idea. Pero la tranquilidad sólo me duró unos días.

Una mañana me levanté con la sensación de haber pasado toda la noche dando vueltas. Recordaba haber oído golpes entre sueños, como si alguien hubiera estado haciendo obras en plena noche. Le pregunté a la vecina a la mañana siguiente cuando me la encontré en el rellano, pero se me quedó mirando con cara de asombro, se encogió de hombros y se fue. Volví a levantarme con la misma sensación un par de días más tarde. En mi cabeza aún resonaban golpes y ruidos extraños, pero nunca recuerdo lo que sueño, así que no estaba muy seguro de si eran sonidos reales o no. Cuando le volví a preguntar a la vecina me regaló una mirada de enfado y algo así como un “lo que hay que aguantar” entre dientes. Nada más.

Durante un par de semanas creo que los ruidos desparecieron, al menos no los recordaba al despertar, pero cada día me levantaba cansado de todas formas. ¿Sabe qué?, pensé que tal vez hubiera algo en esta casa, algo que no era capaz de identificar. Desde que estoy aquí todo es diferente, de alguna manera yo soy diferente.
Esta mañana me he despertado agotado, pero más de lo normal. Llevaba los mismos vaqueros de ayer, así que supongo que me dormí vestido, no lo recuerdo. Esta noche los ruidos han sido más fuertes, o tal vez yo soy más sensible. Tengo en la cabeza los golpes de siempre, pero también creo que hay otros ruidos más suaves, como un sutil martilleo, algo arrastrado por el suelo, grifos abiertos, susurros,… No sé. Como todos los sábados he cogido las llaves y he salido para desayunar en el bar de abajo. Entonces he visto a la vecina. Hoy ni me ha ignorado ni me ha mirado con mala cara, directamente se ha puesto a gritar como una energúmena y se ha metido en casa corriendo tan rápido como sus rechonchas piernecitas de han dejado. Entonces he llegado a la cafetería y es cuando ha empezado este circo.

Una señora ha salido corriendo y un par de personas han salido detrás de ella más tranquilos pero con la cara desencajada. El camarero se ha ido directo al teléfono y antes de que me hubiera sentado en la barra tres policías han entrado por la puerta y han venido directos a por mí. Y aquí estamos.

Le repito por enésima vez que no sé qué hacen todas esas herramientas debajo de la cama, de hecho no sé ni para que sirve la mayoría de ellas. No sé qué son esas cajas que han encontrado en ese cuarto, yo no tenía ni idea de lo que había ahí dentro hasta que ustedes lo han abierto hace una hora. Creo que lleva cerrado con llave desde que llegué aquí, no estoy seguro. Tampoco sé por qué estoy cubierto de sangre seca, ni de dónde han salido todos estos moratones de mis brazos, ni qué son esas manchas del pasillo, ni qué hacen todas esas toallas a remojo en la bañera,... Alguien ha debido entrar en mi casa por las noches y hacer todos esos ruidos y hacer…. hacer eso de ahí. Yo no sé qué decirle, yo no…. bueno sí que es verdad que esto parece que yo pero…. aunque si es cierto que es Ella la que está ahí….

Creo que necesito dormir un poco. Estoy muy cansado ¿sabe? Apenas he podido dormir en las últimas semanas y esta noche ha sido la peor.


Banda Sonora: Tom Waits.

18 febrero 2010

Venga lo que venga

¡Abran ustedes las ventanas, las puertas, los cajones, los ojos, los brazos y todo lo que puedan abrir!

Que entre la lluvia, el viento, el barro, las moscas y los mosquitos, pero también la luz, la primavera, la brisa, las mariposas y la música. Que nos abofeteen si quieren, que nos hieran o nos insulten, pero que también nos puedan dar besos sin barreras, abrazos, mimos y caricias.

Que no pase ni un solo día sin nada que contar, ya sea un lamento o una carcajada.

¡No vayan ustedes a irse dejándose algo por probar!



Imagen: "Wind from the Sea". Andrew Wyeth, 1948

01 febrero 2010

Tu ombligo


Acabo de tomar una decisión. Voy a convertir tu ombligo en mi pozo de los deseos privado. Cada noche lo besaré suavemente y cerraré los ojos bien fuerte mientras formulo mi deseo.


Y además tengo claro lo que voy a pedir: encontrarme la noche siguiente otra vez recostada a tu lado, con mis labios posados en tu ombligo y mis ojos cerrados pidiendo de nuevo el mismo deseo.

18 enero 2010

Cuando "para siempre" da mucho miedo

Cuando toqué sus manos lo supe. No fue al mirarle a los ojos, ni al oír su voz, ni al sentir su perfume, ni al rozarse nuestros brazos de forma casual. Lo cierto es que hasta que no tuve mis manos en las suyas ni siquiera lo sospeché.

Pero de pronto todo fue tan evidente que me reí de mí misma por no haberme dado cuenta antes. Si lo hubiera hecho habría salido corriendo sin detenerme ni un solo instante a mirar atrás, pero él ya tenía mis manos en las suyas y huir era imposible.

Resulta que yo soy una de esas personas a las que les asusta la soledad más que las malas compañías, y él resultó ser una de esas malas compañías a las que los cambios les asustan más que la más atroz de las monotonías.

Así que así estamos desde entonces, con las manos todavía unidas ya más por la costumbre que por las ganas y sin posibilidad alguna de ponerle remedio.

13 enero 2010

A la vejez...

Maruja estaba nerviosa como una colegiala. Era su primera aparición y quería que todo saliera perfecto. Iba a ir a ver a Antonia, su antigua compañera de habitación. La despertaría con un beso en la mejilla, ella se asustaría un poco al principio pero luego se emocionaría y hablarían toda la noche de esto y aquello como si nada. Pero Maruja era novata en esto y no sabía que era costumbre de sus nuevos compañeros gastar una broma el primer día, no por maldad, sino por rebajar los nervios y quitarle un poco de tensión a la situación. Así que la pobre hizo caso a pies juntillas de lo que le dijeron y cuando se quiso dar cuenta la mejilla que iba a besar no era la de Antonia, sino la de Domingo, el abuelete tímido de la habitación contigua de la residencia.

La pobre se habría puesto colorada de la vergüenza si hubiera podido, pero se limitó a dar media vuelta de puntillas y revolotear hacia la puerta. Estaba agarrando el pomo cuando Domingo la llamó: “Marujita, ¿de verdad eres tú? No te vayas por favor, quédate un ratito más.” Y mira por donde resultó que Domingo no era tan tímido y que además había estado coladito por sus huesos cuando aún estaba viva. La pobre se sentía culpable por estar allí con aquel señor mientras su querida Antonia roncaba como un elefante en el cuarto de al lado pero, entre unas cosas y otras, se le pasó la noche allí de charla con Domingo.

Al día siguiente volvió a saludar a Domingo antes de ir a ver a Antonia, por educación según le dijo a sus compañeros y porque, para qué engañarse, le había encantado recibir piropos aunque fueran de un vejete. A lo tonto volvieron a darles las tantas de nuevo mientras Antonia seguía con sus ronquidos dos metros más allá. Y se ve que la mujer dormía bien, porque al otro día hubo más de lo mismo, y al otro, y al otro, y al otro,…. Pero una mañana, cuando bajaba a desayunar, el pobre Domingo, agotado de tanta conversación nocturna, se sentó en una silla del pasillo a descansar un momentito. Cuando se fue a levantar se dejó el cuerpo allí sentado y se fue volando a buscar a su Marujita más contento que unas castañuelas. Se reía a mandíbula batiente pensando para sí mismo:

“Si ya lo decía mi madre, ¡a la vejez, viruelas!”

04 enero 2010

La noche más larga del año

Al fin había llegado la noche que tanto tiempo llevaba esperando. Lo dejó todo bien preparado y se metió en la cama más temprano que nunca, aunque le costó dormirse por los nervios que le estrujaban el estómago. Se despertó cuando apenas había amanecido pero consiguió mantenerse debajo del edredón un par de horitas más por si acaso. Quería que todo saliera bien.

A eso de las nueve y media se puso las zapatillas de andar por casa, su bata de color rosa chicle y bajó las escaleras. Pasó por el salón con los ojos cerrados y tapados con la mano izquierda para asegurarse de no ver nada de nada, siguió bajando las escaleras, ya con los ojos bien abiertos, y abrió la puerta de sótano.

La primera parte del plan había funcionado a la perfección. Papá y mamá seguían allí atados a las sillas de camping con las bocas tapadas con las pañoletas de su grupo de niñas montañeras y las manos atadas en la espalda con uno de esos nudos imposibles que te enseñan los monitores dándose aires de superioridad. Los pobres la miraban con cara de estar preguntándose qué habían hecho mal con su niñita del alma.

Mientras les sacaba una segunda foto con su Polaroid les anunció con toda la tranquilidad del mundo que iba a subir a comprobar si Sus Majestades habían pasado o no por casa. “Esas niñas repelentes de quinto se van a tener que callar la boca cuando vean esto. Les dije que les iba a demostrar que los Reyes Magos sí que existen, porque vosotros siempre me decís que son de verdad ¿a que sí?, a que sí que me lo decís siempre ¿eh? a sí que existen, a que sí mamá. Se van a enterar pero bien.”

A mamá le habría gustado no haber mirado a su hija en ese momento y no haber visto un gesto de lo más extraño en su cara. A papá le habría gustado no haberse dado cuenta de que la niña de sus ojos apretujaba la cámara de fotos entre los dedos con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos como la nieve. Era sólo una niña, su niña. Pero su niña se las había apañado para secuestrarlos en su propio sótano y les había dejado allí toda la noche para irse a la cama a dormir temprano como si tal cosa.

Y por fin llegó el momento más esperado. La pequeña subió las escaleras y dejó allí a sus padres rezando como nunca para que algún tipo de milagro navideño tuviera lugar en cualquier momento.

Y el piso de arriba se oyó un grito
¿Era de alegría?
¿De espanto tal vez?

30 noviembre 2009

Al otro lado

Siento que cada cosa que has hecho me frena, como si me pusieras la zancadilla y no me dejaras salirme del camino marcado. Por tu culpa no puedo hacer lo que realmente quiero, ni tan siquiera puedo ser quien realmente quiero ser. Pero he decidido que se acabó, que me voy sin ti para empezar de nuevo desde cero donde yo decida y como a mí me de la gana.

Soltó todo esto mirándole fijamente a los ojos y, sin dar tiempo a que le respondiera, se dio la vuelta y se marchó dando un portazo. Y su reflejo se quedó allí, clavado al otro lado del espejo, con cara de asombro y la palabra en la boca.

16 noviembre 2009

¿Hasta que la muerte nos separe?

Patricia murió en su noche de bodas con el vestido de novia aún puesto. Pero Patricia no se vengó del hombre que la había engatusado para después asesinarla sin compasión alguna porque, a pesar de todo, era hombre al que amaba con todas sus fuerzas.

Por eso siguió cuidando de él cada día sin descanso como lo hubiera hecho en vida. Le despertaba cada mañana con un beso en la mejilla, le repasaba el traje antes de que saliera a trabajar, le acompañaba durante la cena para que no se sintiera solo y le arropaba en la cama.

Tanto quería a aquel pobre desgraciado que ni siquiera se rindió cuando llegaron los malos tiempos. Sin dudarlo un segundo le ayudó a empaquetar todas sus cosas, le dio la mano bien fuerte y se mudó con él al manicomio el día que vinieron a buscarle.



19 mayo 2009

La foto

Estaba sentado en el salón rodeado de viejas cajas que no había abierto en años. Necesitaba hacer sitio en casa para Natalia, que se plantaría allí con sus maletas en unas horas. Se había apañado bien con la ropa, los discos, e incluso con los libros. De hecho apenas había tenido que tirar nada. Sorprendentemente, una vez ordenado, todo parecía haberse reducido a la mitad. Pero sus cuadernos y borradores eran otra cosa. Todo lo que había escrito estaba en aquellas cajas de cartón. Sin pensárselo dos veces tomó aire y se zambulló en la búsqueda de material del que deshacerse. Abrió la primera caja y apareció. ¿Cómo podía haberla olvidado? Tal y como ya le pasara tiempo atrás todo su alrededor desapareció. Ya no veía los montones de papel ni su salón, ahora sólo estaban esos tacones negros, esas piernas de mujer y una triste taza de café en un suelo anónimo. Aquella foto le había cambiado la vida una vez y a punto estuvo de volverle loco.

Fue al final de un verano. Acababa de volver de dos semanas de vacaciones con Susana y se acercó a la tienda de la esquina para recoger las fotos. Lo típico: él sonriendo delante de un bar, ella sonriendo en la piscina, los dos sonriendo en la cama, paisaje visto desde la ventanilla del coche,… y ella. La foto apareció entre las demás como si fuera una más y sin embargo no tenía nada que ver con el resto. Era en blanco y negro y parecía hecha de noche, todo ello a pesar de que su cámara no tenía flash y que todos sus carretes eran en color. Revisó los negativos para comprobar que no había sido un error de la tienda y, efectivamente, no lo era. Ahí estaban esos tacones, esas piernas y la triste taza de café. Sintió alivio por no tener que deshacerse de la instantánea, pero al mismo tiempo una desazón se apoderó de él. Tenía que encontrarla, tenía que averiguar quien era aquella mujer, de donde había salido, a donde iba con tanta prisa como para dejar caer su café,….


Repasó minuto a minuto el recorrido de sus vacaciones, cada excursión, cada visita, cada desayuno, cada comida, cada cena. Consiguió situar todas las fotos en un lugar y un día concreto, todas menos la única que le interesaba. Tal vez si le hubiera preguntado a Susana ella habría podido ayudarle, pero no se atrevió. Aquella imagen era suya y solo suya. Nadie debía verla, ni tocarla, nadie debía saber de su existencia. Así a la desazón se le sumó una creciente paranoia que le llevó a romper con Susana cuando ésta le comentó que pasaba demasiado tiempo metido en casa a solas y que no entendía aquella manía de fotografiarla de espaldas con tacones y medias de rejilla.

Volvió a visitar cada lugar de sus vacaciones en busca de un suelo, una taza y, sobre todo, unas piernas como las de su foto, pero no hubo suerte. Durante semanas se encerró en casa dedicado en exclusividad a contemplar todas las copias que empapelaban cada pared. Día y noche, despierto o dormido, lo único que sus ojos veían era aquella imagen. Hasta una noche. No recordaba ya como fue, pero una madrugada, en un momento de desesperación absoluta salió a la calle, se metió en el primer bar que vio abierto y bebió vino tinto hasta que dejó de oír el sonido de aquella taza al caer. Luego siguió bebiendo algo más hasta que dejó de oír el tamborileo de aquellos endemoniados tacones. Volvió a casa cuado el vino tinto ya ni tan siquiera le dejaba ver con claridad. Poco a poco, casi como si fuera un ritual premeditado, fue quitando los alfileres de las fotos y fue guardando éstas con sumo cuidado en carpetas primero y en enormes cajas después.

El recuerdo de aquella noche de borrachera le asaltó de pronto allí sentado, en mitad del salón. Las manos le empezaron a temblar y notó una desagradable sensación en el estómago, como si alguien estuviera intentando arrancárselo de cuajo. Volvió a tomar aire y miró con cuidado lo que quedaba en el interior de la caja que tenía delante. El pánico le subía por las pantorrilas. Abrió la segunda caja. El pánico le subía por las caderas. Abrió la tercera caja. El pánico se apoderó de todo su cuerpo. Decenas, cientos, miles de tacones le miraban fijamente con sus ojos negros mientras otras tantas tazas de café se reían de él sacando a relucir sus blancos dientes sin disimulo alguno.

Cuando Natalia llegó con sus dos maletas nadie abrió la puerta. Esperó horas, pero no hubo respuesta. Bajó al bar a por un café y volvió a subir corriendo al rellano no fuera a ser que encima le robaran sus cosas. Las maletas estaban allí, pero seguían sin abrirle la puerta. Ya era de noche cuando, harta de esperar, tiró la taza de café al suelo, no estaba de humor como bajar a devolverla como había dicho que haría, agarró las maletas y se fue de allí jurando que jamás volvería a intentar impresionar a un hombre poniéndose aquel modelito de femme fatale con medias de rejilla y tacones de vértigo.

07 mayo 2009

Adios: Intento nº 65

7 de mayo

Este no va a ser un mero intento de dejarte como fueron los 64 anteriores, porque esta vez al fin he logrado reunir las fuerzas suficientes para dejarte.

Hemos sido felices, y mucho, pero de un tiempo a esta parte me he dado cuenta de que algo está fallando, y es que llevo cuatro años viviendo tu vida, siendo feliz simplemente porque tú lo eres y haciendo solo lo que tú me pides. Es oír tu voz y este montón de huesos y carne se transforma en una especie de muñeco de plastilina sin alma ni conciencia al que lo mismo le da ir que venir. Es como si las yemas de tus dedos, cada poro de tu piel, escondieran algún tipo de imán del que me es imposible escapar. Y no creo que eso sea sano.

Jamás olvidaré aquellos cuatro días de acampada en pleno mes de agosto. No me malinterpretes, lo pasé bien, pero porque veía cuánto te gustaba a ti todo aquello. Si yo hubiera podido elegir habría cambiado las cuestas y las pozas con agua helada por una playa y un chiringuito. Me agobia muchísimo verme rodeada de gente, supongo que el ser bajita tiene mucho que ver, y aún así, ahí me tienes cada dos por tres en primera fila de cualquier concierto multitudinario que se precie con una sonrisa de oreja a oreja. No es que sea un sufrimiento, pero si no fuera porque te tengo allí conmigo puedes estar seguro de que jamás me metería en semejante marabunta de forma voluntaria.

Hace unos meses me dio un ataque de risa de lo más absurdo en la peluquería al verme con la cabeza llena de papel de plata y una pasta entre marrón y violeta. No fue por la pinta que tenía, no, sino porque de pronto me di cuenta de que siempre he sido rubia, hasta hace cuatro años, que casualmente me volví pelirroja. Ese mismo día empecé este extraño ritual de escribir cartas de despedida que voy amontonando en el cajón porque siempre acabo perdiendo las fuerzas y arrepintiéndome.

Pero hoy no. Esta mañana he salido corriendo del trabajo y he ido al mercado a comprar judías verdes porque sé que te encantan y he pensado que te haría ilusión llegar a casa y encontrar tu plato preferido en la mesa. Una tontería, ya ves. Pero cuando estaba haciendo fila me he dado cuenta de que por ti se me había olvidado el asco que me da el olor del mercado y, de paso, me había olvidado también lo poco que me gustan las judías verdes. Con un plato de verdura gigante tatuado en la mente he venido a casa y he empezado esta carta.

Te quiero, por favor, no olvides eso, pero necesito vivir mi vida una temporada. Ir donde yo quiera cuando quiera, comer lo que me pida el cuerpo, teñirme o quedarme como estoy porque es lo que me apetece, e incluso echarte de menos como una loca. Necesito alejarme de ese poder analgésico que tienes sobre mí, de esos ojos que me hipnotizan incluso cuando no me miran, de esa voz que somete sin necesidad de decir una sola palabra. ¿Ves? Sólo con pensar en ti y en que no voy a verte un tiempo ya me empieza a temblar el pulso y me sudan las manos. Es como si mi cuerpo se rebelara contra mí para que no pueda acabar esta carta. Si no soy capaz de escribir una despedida no podré irme.

Ya son las cuatro. Tengo que terminar antes de que vuelvas, y tengo que irme rápido para no cruzarme contigo. Hoy vendrás tan contento porque esta noche vamos a cenar a ese sitio que tanto te gusta y que a mí no me dice nada de nada. Te pedirás ese vino tinto que hace que te entre la risa floja antes de empezar la segunda copa. Y después de la tercera copa me darás la mano por debajo de la mesa y me mirarás de reojo con tu sonrisa de niño malo. Y yo y mi cuerpo de plastilina sin alma ni conciencia nos derretiremos como el hielo con una sonrisa de adolescente enamorada.


Creo que voy a elegir qué me pongo esta noche para salir a cenar. Puede que la semana que viene tenga más fuerzas y consiga acabar la carta 66.

31 marzo 2009

Caza mayor

Con el primer vistazo me dio la sensación de aquello era una cueva, no una casa. Recuerdo el negro de los escalones, de las paredes y de las tejas. Recuerdo el negro de la tapia, las macetas y las rejas de las ventanas. Cuando se abrió la puerta y vi las paredes teñidas de rojo por el fuego de la chimenea tuve la sensación de que la cueva se había convertido en la boca de algún tipo de fiera salvaje. Entonces vi tus ojos mirándome fijamente desde el sillón, negro como no. Me sonreíste con un gesto amable, pero tus dientes también tenían ese tono rojo de la chimenea y por un momento me pareció que pensabas devorarme en cuanto cerrara la puerta.

Pero ya soy un hombre adulto y no dejo que mi mente me juegue malas pasadas, así que entré con paso firme y cerré la puerta. Dejé el maletín junto al aparador que está junto a la puerta y me acerqué a ti. Me fijé en la enorme manta que llevabas sobre los hombros y la imagen del lobo del cuento me vino a la cabeza. Pero como ya soy un hombre adulto seguí andando y te tendí la mano para presentarme. Poco después la cabeza ya me daba vueltas sofocada por el calor de la chimenea, el negro de la casa, el rojo de la habitación, la fuerza de tus manos, el rojo de tus dientes,…

Hace semanas que ya no me duele nada, claro que apenas me queda ya nada que me pueda doler. Mientras miro tus otros trofeos colgando de la pared del dormitorio te oigo entrando y saliendo cargando leña para la chimenea, y ayer oí tu voz por primera vez en un año. Llamabas por teléfono al nuevo médico: “creo que estoy incubando algo”, exactamente lo mismo que me contaste a mí. Supongo que ya tienes todo preparado para recibir a tu presa de este invierno, y si va venir mañana supongo que eso quiere decir que menos de 24 horas es el tiempo que me queda. No es mucho, pero ya no importa. Después de tanto tiempo esperando tengo ganas de descubrir cómo queda mi cabeza en el hueco de la pared que me tienes reservado, ya sabes, junto a los fontaneros, aunque sinceramente creo que mi cara de niño bueno quedaría mejor junto a los profesores de secundaria.

12 marzo 2009

Nuestro árbol


He tardado más de lo que esperaba, pero ya no importa, ahora ya estoy aquí contigo. Por fin volvemos a encontrarnos bajo nuestro árbol, ese en el que no gravé tu nombre y tampoco gravaré el mío para que pueda seguir siendo siempre nuestro secreto. Ahora me tumbaré en la tierra húmeda y fría, te colocaré con cuidado sobre mí, pondré tu cabeza en mi regazo como solíamos hacer entonces, cuando mirábamos juntos cómo resaltaba el verde de las hojas sobre el fondo azul del cielo, cerraré los ojos y me quedare quieto, muy quieto.

Apenas me puedo creer que por fin estemos juntos de nuevo, y esta vez, te lo juro, será para siempre. Desde aquí veremos al resto de los mortales deambular de un lado para otro, pero no temeremos que quieran separarnos otra vez, porque para ellos nuestros brazos se confundirán con las raíces de nuestro árbol y nuestros cuerpos no serán más que parte de la tierra que pisan. Ni siquiera los ángeles de ahí arriba ni los demonios de ahí abajo podrán encontrarnos.

Y vendrán los años, uno tras otro, y nosotros seguiremos exactamente igual que ahora, juntos y abrazados.

06 marzo 2009

Oferta de empleado

De repente una mañana se le encendió la bombilla. Sin pensárselo dos veces lo apuntó todo cuidadosamente en un folio algo amarillento, se vistió con lo mejor que tenía, cogió algo de calderilla y enfiló el paseo hasta las oficinas del periódico de mayor tirada.

El hombre del mostrador le miró con un aire de desconfianza y desconcierto, pero se debió morder la lengua porque no hizo ninguna pregunta y se limitó a tomar nota y cobrar el montante correspondiente. Ese mismo domingo, en la columna central de la primera página de la sección de clasificados leyó con orgullo su anuncio:


Hombre de mediana edad, serio, responsable y con gran número de amistades, se ofrece para ser sobornado por cualquier empresa de ámbito público o privado que pueda requerir de sus servicios. Tarifas y forma de pago negociables.

Ya estaba hecho. Se sentó en su butaca marrón delante del televisor y esperó a que sonara el teléfono. Antes de que en el programa de cocina terminaran de guisar la dorada ya tenía dos reuniones de lo más "discretas" concretadas para el día siguiente.

03 febrero 2009

Pegas de hacer planes a corto plazo

El televisor llevaba cuatro días apagado, exactamente el mismo tiempo que llevaba encendida la lámpara de la mesilla. La nevera había quedado mal cerrada y se había formado un pequeño charco con el agua que goteaba de la puerta. En el salón estaba él, sentado en el sillón, mirando aquella carta color sepia con la misma cara que tenía cuando la abrió cuatro días atrás.

"Ve al médico, al fin y al cabo no pierdes nada" ¿Porqué demonios le había hecho caso? ¿Y qué se suponía que tenía que hacer ahora? ¿Qué había de sus planes, de su forma de vida? ¿Acaso se suponía que tenía que renunciar a todo? No era justo, ahora ya no.

Se levantó y sintió los codos y las rodillas doloridas, probablemente de estar tanto tiempo inmóvil, pensó. Apagó la lámpara de la mesilla, fue a la cocina, cerró bien la nevera sin darse cuenta del charco del suelo, y leyó una vez más aquellas líneas. Al terminar sacó el cubo de la basura e hizo pedacitos la carta de la clínica tomándose su tiempo. Al fin y al cabo ahora que, al parecer, estaba completamente sano, tenía todo el del mundo.

15 enero 2009

Desesperados anónimos

Bien señores, supongo que se preguntarán qué hacen todos aquí. Pues bien, si me he tomado tantas molestias en localizarlos a todos y reunirlos aquí es porque necesito saber quién de ustedes ha sido el que me ha mirado mal. Les ruego que no se tomen esto como una ofensa, que yo no tengo, ni he tenido jamás, nada en contra de los tuertos. Pero el caso es que últimamente todo me sale mal y esto es lo único que me queda por hacer para intentar salvar mi situación.

He de aclararles que nunca he sido especialmente supersticioso, por lo que en un principio asocié mi mala suerte precisamente a eso, a la suerte o la casualidad, como prefieran llamarlo. Pero he llegado a un punto en que tanta maldita casualidad se sale de toda norma estadística, así que no me ha quedado más remedio que tener en cuenta otras posibilidades, por así decirlo. Sin entrar en detalles tontos que ahora no vienen a cuento, les diré que ya he podido descartar de entre tales posibilidades la magia negra, el vudú y el mal fario. También me he asegurado de no haber roto ningún espejo, no haber pasado por debajo de ninguna escalera, no haber brindado con agua, no haberme cruzado con ningún gato negro, no haber abierto ningún paraguas en casa, y un largo etcétera, por lo que ya sólo me queda por descartar aquello de que me haya mirado mal un tuerto, que nunca he sabido muy bien qué quiere decir, pero que es algo que mi abuela siempre mencionaba.

Así que, por favor, si alguno entre ustedes, por el motivo que sea, alguna vez me ha mirado mal, le rogaría, por favor, que me lo hiciera saber para ver si así podemos encontrar una solución satisfactoria para los dos. Y si hay alguna forma de solucionar esto sin que el culpable se delate, no sé, mirándome bien en lugar de mal, o lo que sea, también me parece una buena opción, que esto no es revanchismo señores míos, sino simple desesperación.

12 enero 2009

Simplificando

Ayer me dio una especie de siroco y teñí todos los vestidos de negro, las camisetas de verde, los pantalones de rojo y mis tres pares de zapatillas de blanco nuclear.
No tengo ni idea de porqué lo hice, pero esta mañana decidir lo que me iba a poner ha sido gratamente sencillo.

16 diciembre 2008

Mis pies aún te hechan de menos

Hoy he estado pensando en ella como hacía antes. Me he plantado en mitad del pasillo descalzo y me he pasado media hora andando muy despacio por cada habitación. A ella le encantaba andar descalza por la casa. Decía que le gustaba sentir el calor de la madera del salón, cómo el frío de las baldosas del baño le ponía la carne de gallina y las cosquillas que le hacía la alfombra del dormitorio.

A mí, la verdad, no me gusta nada eso de desnudarme de tobillos para abajo. Creo que tengo los pies demasiado secos para andar por la madera, demasiado fríos para soportar las baldosas del baño y demasiado sensibles para aguantar cosquillas de ningún tipo. Pero aún así ha estado bien. Me ha gustado pensar en ella e imaginármela en algún pasillo con unos enormes calcetines de lana como los míos.


06 noviembre 2008

Hasta que la muerte nos separe


La niebla era especialmente densa ese día, un martes de esos en los que el frío te congela la punta de los dedos por muchos guantes que les pongas. Pero ya había pasado una semana desde el funeral, y la gente empezaría a murmurar si no iba pronto. Así que la joven viuda se vistió de luto riguroso como mandaban los cánones y se encaminó al cementerio.
Odiaba aquel lugar, odiaba el olor a iglesia de la entrada y odiaba las lápidas de piedra fría y húmeda, así que una vez allí apretó fuerte las mandíbulas, cerró las manos hasta sentir las espinas de las rosas atravesar la piel, levantó la cabeza y enfiló los últimos metros con decisión espartana.
Pero el disfraz de viuda valiente se le desmoronó de golpe al ver una figura postrada ante la tumba de su difunto esposo. Era una mujer, pero la niebla desdibujaba su rostro y no fue capaz de identificarla. Sí vio con claridad, sin embargo, que lloraba amargamente mientras dejaba un ramo de rosas en el suelo.
Paralizada por la extraña situación contempló unos instantes aquella escena en silencio. No parecía ninguna conocida, y estaba claro que no era ningún familiar. Por un momento pensó que tal vez se había vuelto loca de tanto llorar y se estaba viendo a sí misma, pero en ese instante la desconocida se puso en pié y se alejó con parsimonia en dirección opuesta.
Desconcertada y temblorosa la joven viuda reanudó el paso. Aquel ramo idéntico al suyo fue tomando forma a medida que se acercaba, y cuando apenas estaba a un metro de él distinguió una nota. La cogió entre sus dedos y la leyó de forma mecánica un millar de veces "Una rosa por cada año que pasamos juntos. Te quiero y te seguiré queriendo siempre amor mío".
Las tripas comenzaron a hacer movimientos extraños, el corazón le palpitaba de forma alarmante y una rabia inesperada le trepó por la garganta hasta convertirse en gritos de desprecio y desesperación. Todas las lágrimas que había derramado en la última semana se transformaron de golpe en insultos y odio. Golpeó la lápida, le dio patadas completamente fuera de sí, destrozó el ramo que había comprado esa misma mañana pétalo por pétalo y se rasgó el uniforme de viuda plañidera.

Mientras juraba a voz en grito no volver jamás a aquel lugar, detrás de un árbol cercano un viejo amigo del difunto pagaba con un sobre cerrado a la extraña que minutos antes se había arrodillado en aquella tumba fingiendo llorar.
- Tal vez no sea asunto mío señor, pero no entiendo porqué le hace esto a esa pobre mujer si realmente le tiene aprecio alguno. Mírela, odiará al hombre con que se casó por algo que él nunca hizo.
- Eso es exactamente lo que pretendía. Es bien sabido que es más llevadero odiar a alguien que echarlo en falta. Él la quería demasiado como para permitir que arruinara lo que le queda de vida sentada en una habitación oscura llorando por algo que desgraciadamente no tiene remedio. Prefería que le olvidara, incluso que le odiara si fuese necesario si así le ahorraba una vida de encierro y lamentos. Supongo que no hace falta que le diga que esto debe quedar entre usted y yo.