20 julio 2007

En las nubes

Era una tarde de verano de lo más agradable. El radiante Sol y una leve brisa hacían que fuera el día perfecto para sentarse en una terraza a tomar algo fresco y ver pasear al personal. Yo estaba en mitad de una enorme avenida buscado un sitio libre donde sentarme cuando, de forma repentina, todo empezó a cambiar. La brisa se transformó en un fuerte viento y unas diminutas nubes comenzaron a cubrir el cielo. En cuestión de minutos las mesas y las sillas de las terrazas estaban libres, las servilletas de papel volaban por toda la avenida y las nubes cada vez eran más densas y oscuras.

Yo observaba toda la escena inmóvil mientras notaba cómo la indignación iba subiendo desde la punta de mis pies hasta la cabeza como si me estuvieran llenando de agua hirviendo. Por increíble que parezca esa era la quinta vez que me pasaba lo mismo a pesar de estar en pleno mes de Julio. Había que hacer algo rápidamente, así que, sin pensarmelo dos veces, me dirigí al edificio más alto de la ciudad. Subí las escaleras sin parar a coger aire ni una sola vez y salí a la terraza del ático. Las vistas eran espectaculares. A mis pies estaba la ciudad entera mientras que sobre mi cabeza tenía aquellas desagradables nubes. La lucha iba a ser más dura de lo que en un principio había pensado, pero no iba a rendirme antes de haberlo intentado. Saqué de mi bolso unas enormes tijeras, estiré los brazos y agarré tan fuerte como pude la nube que tenía encima de mí en ese momento. Tuve surte porque era una nube de esas blanquitas, suaves y de aspecto algodonoso, perfecta para comenzar mi labor.

Al principio me sorprendió la textura de la nube. Esperaba algo similar al algodón o a una de esas esponjas tan suaves de los bebés, sin embargo me encontré con una nube formada de larguísimos mechones de pelo. Era una sensación rara pero agradable al mismo tiempo, ya que se trataba de un pelo tremendamente rizado y sedoso al mismo tiempo. Tan sólo tenía que tirar suavemente de cualquier mechón y éste se desenroscaba del resto, con lo que cortarlos era muy sencillo. Sin apenas darme cuenta en pocos minutos ya había recortado algo más que las puntas a unas cuantas nubes. Algunas eran blancas, otra grisáceas, como si estuvieran empezando a salirles las primeras canas, y otras negras como el carbón. De esta forma, poco a poco, fui logrando abrir algunos huecos entre las nubes por los que el Sol podía abrirse paso hasta el suelo. Sin querer me había convertido en una especie de Eduardo Manostijeras dando formas a aquellas nubes peludas.


Orgullosa iba mirando como se alejaban de mí nubes perfectamente recortadas y peinadas, a lo afro la mayoría de ellas (era sin duda el estilo que mejor les iba), para ver después como llegaba la siguiente, aún sin una forma determinada, pidiéndome en silencio que la dejara tan guapa como a las demás. Al fin, tras una intensa y gratificante labor, el Sol pudo calentar como es de esperar en un mes de Julio las calles. Las terrazas volvieron a llenarse y las estilosas nubes se fueron alejando a toda prisa, probablemente para presumir de sus peinados por otras tierras.

Desde ese día siempre llevo mis enormes tijeras en el bolso y espero con ansia que vuelvan aquellas mismas nubes a que les retoque sus peinados.

11 julio 2007

Qué será, será...

Antes

- Mamá, yo de mayor quiero ser peluquera
- Muy bien hija, pero primero irás a la Universidad, harás una carrera y después podrás ser lo que tú quieras.
- Pero mamá, es que a mí no me gusta estudiar, yo lo que quiero es ser peluquera.
- Ya lo sé hija mía, pero tu padre y yo hemos trabajado mucho para que tu puedas ir a la Universidad, tener un título y así encontrar un buen trabajo con un buen sueldo. Pero si después de terminar tu carrera todavía quieres ser peluquera, tu padre y yo te apoyaremos y te ayudaremos.




Ahora

- Mamá, yo de mayor quiero ser abogada
- Muy bien hija, pero primero te mudarás a Madrid o a Barcelona, te ligarás a un futbolista y después podrás ser lo que tú quieras.
- Pero mamá, es que a mí no me gustan los futbolistas, yo lo que quiero es ir a la Universidad y ser abogada.
- Ya lo sé hija mía, pero tu padre y yo hemos trabajado mucho para que tu puedas mudarte y estar dos años de discotecas en busca de un futbolista. Si todo sale bien la cosa terminará en boda y tendrás montones de dinero, y si la cosa sale mal podrás ir a contarlo a los programas de televisión y ganar montones de dinero. Pero si después de eso todavía quieres ser abogada y trabajar, tu padre y yo te apoyaremos y te ayudaremos.

29 junio 2007

Esperando algo (Parte II)

Todavía faltaba una semana para el verano y el calor ya empezaba a apretar. La obra de las estufas por fin había terminado, pero aún quedaba mucho por limpiar. Además Lola había decidido dar una mano de pintura al salón, así que el trabajo se amontonaba aunque una de las habitaciones seguía aún vacía. Entonces llegó un paquete.

- Lola acaban de traerte esto. Yo me voy a trabajar y luego tengo una audición, así que no vendré a comer. Hasta luego.
- Gracias. Hasta luego.

Era el libro de Ernesto. Al abrirlo vio un pequeño post it amarillo en la segunda hoja "Espero que te guste y entiendas porqué no te lo dejé leer antes. Un beso" Lola se sentó en la silla del comedor donde Ernesto solía escribir durante la sobremesa y empezó a leer.

Toda la historia giraba en torno a Claudia, una hermosa viuda que vivía por y para sus dos hijos varones en un pequeño pueblo costero del norte. Tras una vida de duro trabajo y sacrificios llegó un día en que sus hijos comenzaron a trabajar en un barco pesquero que pasaba largas temporadas en la mar, por lo que de pronto se vio sola y sin saber que hacer. Al principio pasaba el tiempo ocupada con los quehaceres del hogar, pero pronto se aburrió de trabajar para nadie. Entonces se entretuvo leyendo todos los libros que tenía en casa. Disfrutó y envidió las aventuras que en ellos encontró. Cuando se le acabaron los libros se decidió a salir a la calle y buscar más historias entre sus paisanos. Se sentaba en un banco del paseo marítimo y observaba a los que por allí paseaban. Escuchaba las palabras que le llegaban cuando pasaban a su lado y después ella inventaba el resto de la historia. Se quedaba allí horas imaginando mil historias y sin hablar con nadie.


Tan ensimismada estaba que no se fijó en que cada tarde se sentaba frente a su banco un joven pintor que no dejaba de mirarla entre pincelada y pincelada. Durante tres meses estuvieron coincidiendo en aquel paseo hasta que, por fin, una tarde ella se fijó en él. Seguro que no eran más que imaginaciones suyas, pero aquel apuesto joven no dejaba de mirarla, incluso creyó ver que en una ocasión le sonreía y se ruborizó como una quinceañera. Al día siguiente se puso un vestido de flores que dejaba sus hombros desnudos, se peinó con mucho cuidado y volvió a su banco del parque. Al cabo de un rato el joven pintor volvió a instalarse frente a su banco, sus miradas volvieron a cruzarse en un par de ocasiones y Claudia volvió a sonrojarse. Esa noche llegaron sus hijos a casa. Estarían allí unas semanas antes de volver a zarpar. Claudia se olvidó por completo de sus paseos, su banco, su pintor, su vida, y se dedicó a cuidar a sus hijos. Pero llegó de nuevo el día en que tuvieron que partir, ella se quedó de nuevo sola y entonces lo recordó. Se arregló y salió de casa corriendo. Era algo tarde, pero tal vez aún estuviera allí... Cuando llegó al banco vio que no había nadie en el paseo. Al día siguiente esperó pacientemente, pero el pintor tampoco apareció.

Dos años después, al salir de la iglesia con sus hijos, sintió que el corazón le daba un vuelco. Habían instalado una exposición de pintura en el paseo marítimo y al instante supo que eran los cuadros de que aquel joven pintor. Aunque los cuadros no se parecían entre sí, en todos ellos se podía ver una mujer hermosísima sentada en un banco con la mirada perdida y una sonrisa en los labios.

Lola había leído la novela sin moverse de la silla. Envidiaba Claudia porque ella nunca podría ser una musa como ella, y envidiaba a Ernesto por ser capaz de imaginar historias como aquella. Cerró el libro con fuerza dispuesta a volver al trabajo antes de que su cabeza empezara a funcionar, pero el post it se le cayó al suelo. Lo recogió con cuidado, abrió el libro para pegarlo exactamente donde estaba y entonces vió algo que no había visto antes. Debajo de donde estaba pegada aquella nota había unas líneas:

" Para Lola, la hermosa mujer que sin saberlo inspiró cada una de estas líneas".

25 junio 2007

Esperando algo (Parte I)

Lola vivía en una casa llena de humedades en un barrio periférico de una gran ciudad. Era joven, pero sus ojos y, sobretodo, sus manos, estaban más ajados y secos de lo que cabría esperar de alguien de su edad. Desde muy pequeña no había parado de trabajar. Al principio ayudó a sus padres en el campo. Años después, en cuanto se mudaron a la ciudad, comenzó a trabajar los fines de semana como cajera en un supermercado. Desde que sus padres murieron trabajaba desde casa como costurera para unos grandes almacenes.

Aunque podía dar esa impresión, Lola no era una mujer triste, pero tampoco era feliz. La monotonía la aterraba, le obsesionaba pensar que siempre había tenido una vida anodina y que cuando muriera nadie la echaría de menos. Su problema tampoco fue nunca la falta de dinero, sino que simplemente le sobraba tiempo. Por eso hacía unos años que había alquilado dos de las habitaciones de su vieja casa, que hacía así las veces de hostal. Cuando no cosía hacía camas, preparaba la comida, iba a la compra, enceraba los suelos,... cualquier cosa que la mantuviera ocupada las 24 horas del día y le impidiera pensar en sí misma.

Ella dormía y trabajaba en la planta baja, mientras que sus huéspedes se alojaban en la planta superior. Por la habitación del fondo del pasillo habían pasado ya muchos personajes distintos, sin embargo hacía casi dos años que en la habitación junto al baño vivía Ernesto, un escritor que esperaba pacientemente que le llegara su oportunidad. Estaba siendo un invierno bastante más frío de lo habitual, por lo que las sobremesas de la noche se alargaban hasta bien tarde. Era evidente que nadie quería salir del templado comedor sabiendo que le esperaba un cuarto frío con unas sábanas gélidas.
- Menos mal que cambié las ventanas. De todas formas el año que viene pondré estufas nuevas en todas las habitaciones, hasta en el pasillo.
- Yo si tengo suerte me iré en dos meses a Cádiz y me olvidaré de este frío y esta humedad. Me cansa tanta lluvia y tanto abrigo.

Ernesto no dejaba de hacer garabatos en un cuaderno mientras Lola y Javier hablaban sujetando fuertemente la taza de café caliente. Javier trabajaba como vendedor ambulante de perfumes para una "empresa líder en el sector". Tenía un buen sueldo, incluso le pagaban lo suficiente como para permitirse un buen hotel en el centro, pero ahorraba todo cuanto podía para poder empezar su carrera como empresario autónomo.
- Voy a abrir un negocio que me va a retirar antes de cumplir los 50. Ya lo tengo todo pensado, tengo hasta la nave ya elegida y los presupuestos para la reforma. Si en estos dos meses las ventas funcionan bien tendré lo suficiente para arrancar antes del verano.
- Que envidia me das. A mí me encantaría hacer algo así, pero no me atrevería, no valgo para esas cosas. No sabría ni por donde empezar.

Ese era el mayor problema de Lola. Al comienzo pensó que tener gente en casa sería una buena idea. Tendría con quien hablar y además le permitiría arreglar poco a poco la casa de sus padres, pero cada vez se le hacía más difícil. La gente llegaba y unas semanas después volvía a irse para seguir con sus vidas. Vidas interesantes, llenas de anécdotas, viajes, triunfos y fracasos. Pero al menos tenía a Ernesto, que parecía tan anclado a aquella casa como ella misma.

Con la llegada de la primavera en el dormitorio de Javier se instaló Ana, una excéntrica joven de unos veinte años que quería triunfar en el mundo del espectáculo y que de momento trabajaba en un parque de atracciones con un ridículo disfraz de mejicana.
- Ayer me llamaron de esa editorial de la que te hablé. Están muy interesados en publicar la novela. Mañana mismo tengo que ir a hablar con ellos.
-
Te lo dije Ernesto. Ya sabía que te llamarían tarde o temprano. Tienes mucho talento ¿sabes?
- Gracias, pero teniendo en cuenta que nunca has leído ni una línea de lo que escribo no sé si tomarte muy enserio.
- Durante dos años Lola había intentado en leer alguno de los borradores de Ernesto, pero por más que había insistido él siempre se sonrojaba y le decía que no tímidamente.
- Da igual, no necesito leer nada para saber que tienes talento. Cualquiera que te conozca un poco se daría cuenta de ello. Sólo te falta creértelo un poco y olvidarte de esa timidez tuya.

Ernesto se fue, pero no volvió. A los tres días Lola recibió una carta en la que le explicaba que todo había ido muy bien y que ya había firmado un contrato con la editorial. A partir de ahora tendría que trabajar mano a mano con ellos para poder publicar en unos meses, por lo que tendría que quedarse en Madrid una buena temporada. "Te echaré mucho de menos, pero te prometo que serás la primera persona en tener un ejemplar del libro". Otro más, otro que llegaba para irse y empezar una nueva vida llena de anécdotas, viajes, triunfos y fracasos. Antes de pensar demasiado en ello Lola subió corriendo las escaleras y colgó del balcón del dormitorio el cartel de "Habitación disponible". Después bajó corriendo a la cocina y llamó al fontanero para que comenzara a instalar las estufas lo antes posible.

(Ilustración "El cuarto nuevo" de Marta Altieri - www.maltieri.com)

18 junio 2007

Algo huele a podrido en Alcorcón (II parte)

Eran las dos y media de la madrugada, estábamos en mitad de una rotonda sin nombre de alguna calle de Alcorcón sin rumbo y sin fuerzas. Las hasta entonces miradas de complicidad y compañerismo se estaban empezando a convertir en miradas cargadas de reproches e incluso ira. El concierto de Pearl Jam no era ya más que un lejano eco en nuestras cabezas, algo que había tenido lugar años atrás. Pero una vez más no quedaba más remedio que seguir. Y entonces la cosa empeoró un poco más.

Empezamos a cruzarnos con restos de la antes vigorosa manada festivalera (no nos engañemos, para la organización del Festimad no éramos más que eso, una manada de borregos) refugiada en todo tipo de soportales y toldos de bares cerrados hace horas esperando tristemente a que saliera el Sol y se restableciera el servicio de autobuses diurnos a Madrid. El espectáculo era desolador. Anduvimos al menos media hora sin rumbo fijo hasta que nos encontramos con un grupo aún más desquiciado que nosotros. Eran unos pobres franceses que en menos de cuatro horas tenían que coger un vuelo en Barajas y que no hablaban ni una palabra de español. Ante la adversidad ajena todos olvidamos nuestras diferencias y nuestras ganas de aniquilarnos los unos a los otros y nos centramos en ayudar al prójimo, aunque sin tener ni idea de cómo.

- La para da de los búhos está en la segunda rotonda a la derecha. Tenéis uno en un cuarto de hora. Es el bus 501. Seguro.
- Pues creo que no vais bien. Que yo sepa los buses nocturnos salen de Alcorcón Central (¿?), y eso está como a veinte minutos andando de aquí.
- No se, yo que vosotros me iría a la estación de la Renfe.
- ¿Madrid?

Otra vez todas indicaciones falsas que no nos llevaban a ninguna parte y, otra vez, la lluvia que comenzaba a caer con ganas tras tres cuartos de hora de tregua. Creo que en ese momento los franceses se preguntaban si no habrían tenido más suerte si hubieran seguido por su camino sin hacernos caso, pero entonces la vimos. Era una suave luz en una esquina al otro lado de la avenida. Apenas se veía por la cantidad de agua que estaba cayendo, pero fuimos hacia ella sin pensárnoslo dos veces. ¡Era un bar abierto!

- Pues yo no puedo llamar a ningún taxi, pero aquí cerca está el bingo y por ahí siempre pasan taxis. Sólo tenéis que bajar la calle hasta la siguiente rotonda.

Ya estabamos más que escarmentados de lo engañosas que eran las rotondas de Alcorcón y sus ciudadanos, pero aún así decidimos hacer caso al amable camarero. Y, efectivamente, en cuanto llegamos a la esquina del bingo un taxi y su maravillosa lucecita verde aparecieron de la nada. Como náufragos a lo Tom Hanks en su isla desierta saltamos, corrimos y gritamos para parar aquel taxi.

- ¿Podría avisar con la radio a otros dos taxis para que vinieran a recogernos por favor? – Ya estábamos tan desesperados que la idea de pagar 25€ por llegar a Madrid y tirar a la basura los bonos del metrobus que habíamos comprado con antelación para evitar problemas nos parecía una idea genial
- Pues lo siento, pero es que no puedo. No tengo radio.

Nuestra euforia se esfumó al mismo tiempo que desaparecía el taxi y los franceses por la siguiente rotonda. Automáticamente, y sin que hubiera palabra de por medio, la ansiedad y la mala leche se apoderaron de nuestros cuerpos de nuevo. Tal era la situación que el ya reducido grupo de 7 personas que quedábamos se dividió en dos grupos, cada cual más lamentable: mientras unos se sentaron a pie de carretera bajo la lluvia para abalanzarse sobre el primer taxi que osara pasar por allí, los otros nos metimos en un cajero automático dispuestos a instalarnos allí de por vida.

Pero entonces algo en nuestro interior, el instinto de supervivencia creo que lo llaman, hizo que nos levantáramos de nuevo, saliéramos a la calle, nos uniéramos a nuestros compañeros de fatigas y volviéramos a caminar por las amplias avenidas de Alcorcón. La dirección ya era lo de menos. Lo único que importaba era permanecer en movimiento. Y por fin la suerte nos sonrió. Apenas quince minutos después dos nuevos taxis libres se cruzaron por nuestro camino. No exagero lo más mínimo si afirmo que ese fue el momento más feliz de nuestras vidas. En unos minutos todo habría terminado.

Mientras subía al taxi y le indicaba la dirección de destino toda la noche pasó ante mis ojos. La llegada a Madrid, la comida de tapeo, el traslado a Leganés, las cañitas antes de entrar al recinto, nuestros bocadillos tirados a un cubo de basura por el guarda de seguridad, los saltos en la piscina de bolas, los grupos teloneros, PEARL JAM en todo su esplendor, los miles de personas en fila para ir al metro, las horas deambulando por Alcorcón,...

Aún hoy, cuando los supervivientes nos reunimos seguimos hablando de aquella extraña noche. ¿Qué pasó realmente en Alcorcón? ¿Por qué nadie fue capaz de indicarnos bien donde estaba el bus que buscábamos? ¿Consiguieron todos los "niños perdidos" del Festimad salir de allí? ¿Por qué llueve tanto en Alcorcón?
Aquí teneis unas imágenes para que os hagais una idea aproximada del número que se montó al acabar el concierto. Y qu conste que estos son sólo unos pocos provilegiados que lograron bajar al andén de la estación de Leganés (para después ser abandonados en Alcorcón), que arriba se quedaron muuuuuuuuuuuchos más. Menos mal que todos estábamos de buen humor.....