De repente una mañana se le encendió la bombilla. Sin pensárselo dos veces lo apuntó todo cuidadosamente en un folio algo amarillento, se vistió con lo mejor que tenía, cogió algo de calderilla y enfiló el paseo hasta las oficinas del periódico de mayor tirada.
El hombre del mostrador le miró con un aire de desconfianza y desconcierto, pero se debió morder la lengua porque no hizo ninguna pregunta y se limitó a tomar nota y cobrar el montante correspondiente. Ese mismo domingo, en la columna central de la primera página de la sección de clasificados leyó con orgullo su anuncio:
El hombre del mostrador le miró con un aire de desconfianza y desconcierto, pero se debió morder la lengua porque no hizo ninguna pregunta y se limitó a tomar nota y cobrar el montante correspondiente. Ese mismo domingo, en la columna central de la primera página de la sección de clasificados leyó con orgullo su anuncio:
Hombre de mediana edad, serio, responsable y con gran número de amistades, se ofrece para ser sobornado por cualquier empresa de ámbito público o privado que pueda requerir de sus servicios. Tarifas y forma de pago negociables.
Ya estaba hecho. Se sentó en su butaca marrón delante del televisor y esperó a que sonara el teléfono. Antes de que en el programa de cocina terminaran de guisar la dorada ya tenía dos reuniones de lo más "discretas" concretadas para el día siguiente.



