18 enero 2010

Cuando "para siempre" da mucho miedo

Cuando toqué sus manos lo supe. No fue al mirarle a los ojos, ni al oír su voz, ni al sentir su perfume, ni al rozarse nuestros brazos de forma casual. Lo cierto es que hasta que no tuve mis manos en las suyas ni siquiera lo sospeché.

Pero de pronto todo fue tan evidente que me reí de mí misma por no haberme dado cuenta antes. Si lo hubiera hecho habría salido corriendo sin detenerme ni un solo instante a mirar atrás, pero él ya tenía mis manos en las suyas y huir era imposible.

Resulta que yo soy una de esas personas a las que les asusta la soledad más que las malas compañías, y él resultó ser una de esas malas compañías a las que los cambios les asustan más que la más atroz de las monotonías.

Así que así estamos desde entonces, con las manos todavía unidas ya más por la costumbre que por las ganas y sin posibilidad alguna de ponerle remedio.

13 enero 2010

A la vejez...

Maruja estaba nerviosa como una colegiala. Era su primera aparición y quería que todo saliera perfecto. Iba a ir a ver a Antonia, su antigua compañera de habitación. La despertaría con un beso en la mejilla, ella se asustaría un poco al principio pero luego se emocionaría y hablarían toda la noche de esto y aquello como si nada. Pero Maruja era novata en esto y no sabía que era costumbre de sus nuevos compañeros gastar una broma el primer día, no por maldad, sino por rebajar los nervios y quitarle un poco de tensión a la situación. Así que la pobre hizo caso a pies juntillas de lo que le dijeron y cuando se quiso dar cuenta la mejilla que iba a besar no era la de Antonia, sino la de Domingo, el abuelete tímido de la habitación contigua de la residencia.

La pobre se habría puesto colorada de la vergüenza si hubiera podido, pero se limitó a dar media vuelta de puntillas y revolotear hacia la puerta. Estaba agarrando el pomo cuando Domingo la llamó: “Marujita, ¿de verdad eres tú? No te vayas por favor, quédate un ratito más.” Y mira por donde resultó que Domingo no era tan tímido y que además había estado coladito por sus huesos cuando aún estaba viva. La pobre se sentía culpable por estar allí con aquel señor mientras su querida Antonia roncaba como un elefante en el cuarto de al lado pero, entre unas cosas y otras, se le pasó la noche allí de charla con Domingo.

Al día siguiente volvió a saludar a Domingo antes de ir a ver a Antonia, por educación según le dijo a sus compañeros y porque, para qué engañarse, le había encantado recibir piropos aunque fueran de un vejete. A lo tonto volvieron a darles las tantas de nuevo mientras Antonia seguía con sus ronquidos dos metros más allá. Y se ve que la mujer dormía bien, porque al otro día hubo más de lo mismo, y al otro, y al otro, y al otro,…. Pero una mañana, cuando bajaba a desayunar, el pobre Domingo, agotado de tanta conversación nocturna, se sentó en una silla del pasillo a descansar un momentito. Cuando se fue a levantar se dejó el cuerpo allí sentado y se fue volando a buscar a su Marujita más contento que unas castañuelas. Se reía a mandíbula batiente pensando para sí mismo:

“Si ya lo decía mi madre, ¡a la vejez, viruelas!”

04 enero 2010

La noche más larga del año

Al fin había llegado la noche que tanto tiempo llevaba esperando. Lo dejó todo bien preparado y se metió en la cama más temprano que nunca, aunque le costó dormirse por los nervios que le estrujaban el estómago. Se despertó cuando apenas había amanecido pero consiguió mantenerse debajo del edredón un par de horitas más por si acaso. Quería que todo saliera bien.

A eso de las nueve y media se puso las zapatillas de andar por casa, su bata de color rosa chicle y bajó las escaleras. Pasó por el salón con los ojos cerrados y tapados con la mano izquierda para asegurarse de no ver nada de nada, siguió bajando las escaleras, ya con los ojos bien abiertos, y abrió la puerta de sótano.

La primera parte del plan había funcionado a la perfección. Papá y mamá seguían allí atados a las sillas de camping con las bocas tapadas con las pañoletas de su grupo de niñas montañeras y las manos atadas en la espalda con uno de esos nudos imposibles que te enseñan los monitores dándose aires de superioridad. Los pobres la miraban con cara de estar preguntándose qué habían hecho mal con su niñita del alma.

Mientras les sacaba una segunda foto con su Polaroid les anunció con toda la tranquilidad del mundo que iba a subir a comprobar si Sus Majestades habían pasado o no por casa. “Esas niñas repelentes de quinto se van a tener que callar la boca cuando vean esto. Les dije que les iba a demostrar que los Reyes Magos sí que existen, porque vosotros siempre me decís que son de verdad ¿a que sí?, a que sí que me lo decís siempre ¿eh? a sí que existen, a que sí mamá. Se van a enterar pero bien.”

A mamá le habría gustado no haber mirado a su hija en ese momento y no haber visto un gesto de lo más extraño en su cara. A papá le habría gustado no haberse dado cuenta de que la niña de sus ojos apretujaba la cámara de fotos entre los dedos con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos como la nieve. Era sólo una niña, su niña. Pero su niña se las había apañado para secuestrarlos en su propio sótano y les había dejado allí toda la noche para irse a la cama a dormir temprano como si tal cosa.

Y por fin llegó el momento más esperado. La pequeña subió las escaleras y dejó allí a sus padres rezando como nunca para que algún tipo de milagro navideño tuviera lugar en cualquier momento.

Y el piso de arriba se oyó un grito
¿Era de alegría?
¿De espanto tal vez?

21 diciembre 2009

La leyenda de los Tres Mundos III: Regreso a los orígenes.

A nuestra llegada a casa nos esperaban con todo preparado. En las cimas de los edificios humanos enormes mecanismos de madera y forja sirvieron de anclaje para las ansiadas nubes que darían de beber a hombres, mujeres y niños. En mitad de los campos de los Gigantes, ahora yermos y quemados, los escasos árboles habían sido dispuestos para acoger sus nuevas copas que vapor de agua que darían sombra y humedad a sus raíces con la esperanza de que el verde pudiera así abrirse paso a través de la arena.

Desde el primer día hubo que tomar fuertes medidas de precaución para evitar que los desesperados y los impacientes actos de unos pocos terminaran por destruir la salvación de la mayoría. Tras interminables debates y asambleas se acordaron una serie de reglas y normas que debían ser cumplidas por todos sin excepción bajo condena a muerte. La más importante de esas reglas, evidentemente, se refería al uso del agua.

Todas las noches se recogía el agua llorada por cada nube. Tres cuartas partes de esa agua se dedicaba al uso de los mortales, ya fueran Alados, Humanos o Gigantes. De esas tres cuartas partes se dio prioridad al riego de los campos y el abastecimiento de fuentes públicas de los habitantes de los mundos inferiores. Nosotros tan sólo necesitamos humedecer nuestras alas con cierta frecuencia para evitar que se estropearan. El último tercio de agua recolectada se usaba para regar a la nube productora y mantenerla así tan cuidada como permitía la situación.

Llevó mucho tiempo, demasiado para algunos, pero los esfuerzos al fin se vieron recompensados en forma de flor. A los pies de algunos árboles milenarios el verde ganó terreno a la arena y una explosión de colores ya casi olvidados nos golpeó a todos. No mucho después una nueva sorpresa hizo que nuestros ánimos se fortalecieran aún más: al fin, después de tantas décadas, dos nubes libres fueron divisadas sobrevolando la zona este del río.

Recuerdo que ese día como si fuera ayer porque ese fue el día en el que las hojas secas de mis alas y las de los míos dejaron de caer. Comprendimos entonces que habíamos sido perdonados por nuestros salvajes actos de tiempo atrás en el Último Valle. Aquellos fueron los días de la esperanza.

Han pasado miles, puede que millones de años, y aún hoy en día luchamos contra la arena, pero los ríos de los Gigantes han vuelto a fluir, sus huertos crecen década tras década y las construcciones Humanas se expanden hacia el Norte sin mayores problemas. Las nubes capturadas por los míos fueron puestas en libertad hace tiempo, pero nunca se alejaron demasiado. Creo que entendieron porqué les hicimos aquello y quisieron quedarse cerca por si las necesitábamos de nuevo.

Las cosas vuelven poco a poco a su estado anterior a los Tiempos del Caos, incluidos los límites entre los mundos. Ya tan apenas se mezclan Gigantes y Humanos, y los Alados ya no necesitamos humedecer nuestras alas en tierra. Me resulta curioso ver que todo está cambiando para volver a ser igual que era, por eso sigo dejándome posar en la cima de esta colina cada mañana para comprobarlo.


Esta imagen y el resto de las imágenes incluidas en en cada una de las tres partes de "La leyenda de los tres mundos" pertenecen a una la colección de cuadros de Isabel Ortiz de Landzuri que sirvieron de inspiración para escribir dicho relato. Algunos de estos cuadros ya los podeis ver en su blog http://timmytimone.blogspot.com/, los demás irán apreciendo por allí poco a poco, tened paciencia.

18 diciembre 2009

La leyenda de los Tres Mundos II: La búsqueda de las Nubes.

Jamás se había visto que los Alados caminaran por el suelo; Nunca antes los Gigantes se habían acercado a las construcciones de los hombres de aquella manera; Nunca los Humanos habían tenido el valor necesario para aventurarse en los inmensos campos abiertos de los Gigantes. Por primera vez trabajamos unidos convencidos de nuestro triunfo sobre la arena, pero por desgracia nuestros esfuerzos fueron en vano.

Impotentes tuvimos que ver como la arena no sólo no desaparecía, sino que continuaba su camino enterrando las calles asfaltadas, los campos cultivados y los ríos cristalinos. Resultó entonces evidente que nada podía escapar a aquel lento y agónico avance. La consecuente escasez de agua provocó que los cultivos aún a salvo se secaran y los alimentos comenzaran a escasear. De las fuentes ya no manaba nada que no fuera un barro denso y salado, e incluso nuestras alas se acartonaron por la falta de humedad.

Tal fue la desesperación de los tres mundos que no nos quedó alternativa. Por primera vez rompimos las leyes. Los Gigantes prepararon sus árboles milenarios y los Humanos pusieron su maquinaria a trabajar mientras nosotros nos dispersamos por los cielos. Volamos más allá de lo que habían llegado jamás nuestros antepasados y cargamos todo el camino con las herramientas que necesitaríamos para cumplir con nuestra parte del trato una vez llegado el momento.

Hicieron falta varias semanas, pero al fin las encontramos. Tal y como los Gigantes pronosticaron, las Nubes nos esperaban desprevenidas en el Último Valle. Aquel era el paisaje más bello que estos ojos hayan visto: como un enorme manto de algodón, las Nubes parecían dormir en calma dejándose acurrucar por las laderas de las colinas. Durante horas nos quedamos allí, inmóviles, conmovidos por la belleza de lo que veíamos y paralizados por el terror a lo que estábamos a punto de hacer.

Fue más difícil que cualquier otra cosa que nadie haya hecho jamás. No fue una simple recolección como pensamos que sería, sino una colosal batalla entre los mortales y los inmortales. Tras días de lucha, exhaustos y heridos, al fin logramos atrapar tantas nubes como éramos capaces de transportar. Algunas fueron arrastradas con sogas y arneses, otras envueltas en enormes velas de navíos que se desquebrajaban cuando las cautivas nubes se defendían intentando huir de aquel extraño corsé.


Aquellos fueron los días del miedo.

Imagen: "Nube atada" de Isabel Ortiz de Landzuri http://timmytimone.blogspot.com/